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miércoles, 3 de febrero de 2010

Asalto a la fortaleza de Salinger

La muerte de J. D. Salinger blinda su silencio por toda la eternidad. Pero no necesariamente el de su obra. Empieza ahora el asalto a la hermética fortaleza que construyó durante décadas. Su último escrito editado es de 1965. Si es verdad que no ha parado de escribir desde entonces, ¿cuánto aguantarán esos textos sin ver la luz? ¿Cuánto resistirán sus herederos el asedio?
Existe la posibilidad de que éstos bajen el puente de la fortaleza no sólo por el muchísimo dinero que se les puede llegar a ofrecer, sino con la bendición póstuma del mismo Salinger. En una carta que se le atribuye, escrita en 1957, el autor juguetea con la idea de que las obras inéditas que deja constituyan una especie de seguro de vida para sus descendientes. Con la inestimable ventaja -dice- de no estar él vivo para que la publicidad le perturbe. Más improbable parece que los herederos accedan a las insistentes demandas para llevar «El guardián entre el centeno» al cine. Salinger aceptó una vez que un relato suyo se filmara. El resultado fue tan nefasto que decidió no reincidir.
Tampoco se pueden descartar ataques de otra índole. Como el de Fredrik Colting, el autor sueco de una indisimulada secuela de la obra cumbre de Salinger, donde imagina a Holden Caulfield a los 60 años de edad. El otoño pasado Salinger consiguió parar el libro en los tribunales. Ahora el tiempo y los derechos de autor corren a favor de Colting. Luego está la escritora Joyce Maynard, la que durante diez lejanos meses fue amante de Salinger y con el tiempo publicó las cartas de amor que éste le mandara. Lo cual le valió una severa reprimenda de la estridente feminista pop Maureen Dowd, que la llamó, quizás con razón, «sanguijuela». No es probable que Maynard prolongue mucho su silencio.
Finalmente, están los que asaltaron la fortaleza por error. «The Washington Post» daba cuenta ayer del conmovedor testimonio de Roger Lathbury, un profesor de inglés y pequeño editor que en los años 90 estuvo a punto de conseguir editar un inédito de Salinger. Y no sólo eso, sino que consiguió intimar con él e iniciar una intensa relación epistolar.
Esta se vio abruptamente truncada cuando Lathbury cometió el error de conceder una entrevista a un pequeño periódico local sobre sus planes editoriales. La noticia rebotó en «The Washington Post». Salinger cortó todo contacto. En seco, de un día para otro y para siempre. Lathbury siente tanta tristeza por lo que pudo haber sido y no fue que ni siquiera ahora se plantea hacer pública su correspondencia. A duras penas le da el corazón para releerla.

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